Êl Infierno de Dios no necesita
el esplendor del fuego. Cuando el Juicio
Universal retumbe en las
trompetas
y la tierra publique sus entrañas
y resurjan del polvo las naciones
para acatar la Boca
inapelable,
los ojos no verán los nueve círculos
de la montaña inversa; ni la pálida
pradera de
perennes asfodelos
donde la sombra del arquero sigue
la sombra de la corza, eternamente;
ni la
loba de fuego que en el ínfimo
piso de los infiernos musulmanes
es anterior a Adán y a los
castigos;
ni violentos metales, ni siquiera
la visible tiniebla de Juan Milton.
No oprimirá un odiado
laberinto
de triple hierro y fuego doloroso
las atónitas de los réprobos.
Tampoco el fondo de los años guarda
un remoto jardín. Dios no requiere
para alegrar los méritos del
justo,
orbes de luz, concéntricas teorías
de tronos, potestades, querubines,
ni el espejo ilusorio de
la rosa
ni el esplendor aciago de uno solo
de Sus tigres, ni la delicadeza
de un ocaso amarillo en
el desierto
ni el antiguo, natal sabor del agua.
En Su misericodia no hay jardines
ni luz de una
esperanza o de un recuerdo.
EN el cristal de un sueño he vislumbrando
el Cielo y el Infierno
prometidos:
cuando el Juicio retumbe en las trompetas
últimas y el planeta milenario
sea
obliterado y bruscamente cesen
¡oh Tiempo! tus efímeras pirámides,
los colores y líneas del
pasado
definirán en la tiniebla un rostro
durmiente, inmóvil, fiel, inalterable
(tal vez el de la
amada, quizá el tuyo)
y la contemplación de ese inmediato
rostro incesante, intacto,
incorruptible,
será para los réprobos, Infierno;
para los elegidos, Paraíso.
Jorge Luis Borges
1942